“La crisis de la escuela es la crisis de la democracia”
El pedagogo
estadounidense Henry Giroux reclama una reforma del sistema educativo para que
el pensamiento crítico impregne todas las asignaturas
Barcelona 14 MAY 2019 - 08:37 CEST
Henry Giroux (Providence, 1943), uno de los académicos más
reconocidos en Canadá y uno de los impulsores de la
llamada pedagogía crítica, tiene un discurso radical sobre los fallos del sistema
educativo. Él no habla de los resultados de las pruebas PISA —que miden el conocimiento en
ciencias, matemáticas y comprensión lectora de los alumnos de 15 años en los
países de la OCDE—. De hecho, cree que las pruebas
estandarizadas son una estrategia de la derecha para desviar la atención del
"verdadero" problema de la educación: no fomentar el pensamiento
crítico para crear ciudadanos "conformistas" que no reclamen nada a
las administraciones.
Afincado en Toronto, Giroux es conocido por sus publicaciones
conjuntas con Paulo Freire, uno de los pedagogos de referencia
del siglo XX por su teoría de la pedagogía del oprimido, donde propone la
rebelión de los más desfavorecidos a través del acceso a la educación. Giroux,
investigador en la McMaster University de Ontario, fue incluido en la
obra Fifty Modern Thinkers on
Education: From Piaget to the Present (Routledge,
2002), que nombra a los 50 pensadores que más han contribuido al debate
educativo en el siglo XX.
Giroux, que acaba de publicar el libro La guerra del neoliberalismo contra la educación superior (Herder), critica que las universidades están siendo atacadas con
recortes continuos en su financiación, especialmente los departamentos de
humanidades, para que dejen de ser centros de pensamiento. La semana pasada,
tras dar una conferencia en el Centro de Cultura Contemporánea de
Barcelona, atendió a este diario.
Pregunta. ¿Qué es la
pedagogía crítica?
Respuesta. No es un método que
se pueda aplicar en los colegios. Es una revisión del tipo de escuela que
queremos. Es un intento por reconocer que la educación es siempre política y el
tipo de pedagogía que se usa tiene mucho que ver con la cultura, la autoridad y
el poder. La historia que contamos o el futuro que imaginamos se refleja en los
contenidos que enseñamos. La pedagogía tal y como está planteada ataca en lugar
de educar. Es un sistema opresivo basado en el castigo y en la memorización,
que persigue el conformismo. Hay que desarrollar otros métodos que formen
alumnos capaces de desafiar las prácticas antidemocráticas en el futuro.
P. Desde hace unos
años, ha habido una ola de innovación educativa que ha transformado
muchos colegios. ¿No cree que estén cumpliendo esa función?
R. Las escuelas están
siendo atacadas, especialmente desde Gobiernos fascistas y de derechas. En
Brasil, Bolsonaro ha animado a los estudiantes a
denunciar a los profesores de izquierdas de un supuesto adoctrinamiento y
quiere eliminar todas las referencias a Paulo Freire de los temarios. Acaba
de anunciar un recorte en las carreras de humanidades como filosofía y
sociología para priorizar profesiones que "generen un retorno al
contribuyente". La crisis de la escuela es la crisis de la democracia. Los
gobiernos de derechas no quieren que la gente piense y la educación tiene un
papel central en la lucha contra las narrativas tóxicas y el surgimiento de
ideologías ligadas a la supremacía blanca.
P. ¿Cómo se puede
aterrizar el cambio que propone? ¿Cree que los partidos de izquierda sí están a
la altura?
R. Primero el interés
tiene que venir de la calle, de la comunidad de vecinos y de los propios
profesores. El poder se tiene que tomar la educación en serio. La izquierda es
muy estúpida en lo que se refiere a la educación. No se dan cuenta de la
importancia que tiene. En Estados Unidos, Obama replicó el programa de los
republicanos, el teaching for the test (focalizar
la enseñanza en la superación de exámenes estandarizados). Los exámenes forman parte de un discurso de opresión, son una
forma de disciplinar a estudiantes y a profesores y restan imaginación a los
alumnos. Se tiene que potenciar el diálogo, la construcción de identidades y
cómo encajar a los otros, por ejemplo, a la minorías.
P. ¿Cuál es el peligro
de los exámenes?
R. Son una estrategia
para hacer ciudadanos menos críticos. A los profesores se les ha dicho que no
son intelectuales, que son tecnócratas y que están ahí para medir el
conocimiento de los alumnos, que lo que importa son los exámenes. Parece que la
evaluación es el centro del sistema educativo. Pero la función de la escuela
debería ser conseguir crear ciudadanos tolerantes, con capacidad de diálogo. El
colegio es el lugar donde se crean las identidades. ¿Quién quieres ser? Cuando
el profesor y los contenidos son incuestionables, están inculcando una forma
autoritaria de entender la sociedad. Silenciar las dudas sobre lo que viene
dado desde arriba. La derecha sabe tomar ventaja de eso.
P. Canadá es un
ejemplo de inclusión en las aulas. ¿Cree que es un referente?
R. Canadá tiene un
sistema muy progresista, pero tampoco se salva. En Ontario el nuevo primer
ministro, Doug Ford, del partido conservador, ha suprimido las clases de
educación sexual y ha obligado a volver al plan de 1990. Quiere centrar el
sistema en educar para el trabajo. Los gobiernos transforman la educación en
algo que no debería ser.
P. ¿No cree que las
escuelas deben preparar a los alumnos para las habilidades que pide el mercado
de trabajo? Van a encontrar un terreno muy competitivo.
R. No les tienen que
preparar para el trabajo que tendrán en el futuro, sino para el tipo de
sociedad en la que quieren vivir. Te ofrezco las habilidades digitales para que
trabajes en Google o en Facebook, pero vivirás en una sociedad fascista
e intolerante. Eso no vale. Hay que priorizar que aprendan a ser ciudadanos
informados cuando hay partidos de extrema derecha que están ascendiendo al
poder.
P. Le podrían acusar
de tener una visión demasiado utópica.
R. Sobrevivir no es
solo encontrar el trabajo adecuado, es reclamar un buen sistema público de
salud o el derecho a una vivienda digna. El sistema escolar, basado en la
competitividad entre iguales y en la idea de ganadores y perdedores, enseña a
creer que cuando tienes un problema la culpa es tuya. Que los problemas son
individuales. Las personas no pueden trasladar los problemas personales a
carencias del sistema. Así surgen individuos alienados que se culpan a sí mismos de su situación desgraciada. "No hice lo
suficiente en el colegio, por eso me va mal", piensan, en lugar de mirar
al estado del bienestar, ver si se está desmantelando. Hay que
enseñar a luchar y a exigir a la administración que cumpla sus obligaciones.
P. En su último libro
hace una crítica muy dura al trato que dan los Gobiernos a las universidades.
R. Trump ha amenazado
con retirar fondos federales de universidades que cree que están copadas por
liberales e izquierdistas y ha propuesto reducir el presupuesto educativo
en 7.000 millones en 2020. El 70% de los profesores de educación superior en Estados
Unidos tienen contratos a media jornada. Eso afecta a su libertad de expresión,
piensan que si hablan pueden ser despedidos. Tienen miedo de movilizarse
contra la administración. La universidad debería ser un espacio
para el diálogo. Las universidades cada vez funcionan más como empresas, no
contratan intelectuales para liderarlas, sino CEOs. Los estudiantes se han
convertido en clientes. La gente joven es un valor en el que merece la pena
invertir, una inversión a largo plazo. Pero los políticos, tanto de izquierdas
como de derechas, solo buscan resultados a corto plazo.
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